• jordi ciurana

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9.30 (12 horas y 0 minutos para el apocalipsis) Mi teléfono móvil escupe una sórdida sinfonía de animales salvajes rugiendo medio atolondrados. «Posponer». 9.35 (11 horas y 55 minutos para el apocalipsis) Los tigres y los tucanes insisten. «No, la reunión del departamento de cuentas no es aquí». Desde la confusa comodidad de la duermevela les indico amablemente la ubicación del despacho donde se lleva a término la dichosa reunión. «Posponer». 10.50 Me despierto desnuda en una suite de hotel en Río de Janeiro. Jon Kortajarena no es marica y aparece por el umbral de la habitación con una bandeja de plata en la que lleva cruasanes de mantequilla, mermelada, condones y una jarra con zumo de naranja recién exprimido. Sin mediar palabra, abro la boca hasta desencajar la mandíbula y él, parado a mi lado de la cama, juega a escanciar ese ácido y dulce jugo en mis incisivos superiores. Me bebo la jarra entera de una sola vez. Tres cuartos de litro directos a mi estómago. Un cuarto de litro derramado por el desierto abrupto de mis tetas. Mientras follamos fuerte él me muerde una oreja y me confiesa que 12.17 (9 horas y 13 minutos para el apocalipsis) Mierda, mierda y puta mierda. Salgo de la cama y me voy directa a la cocina. Enciendo el fuego. Lo apago. No tengo nada que cocer. Todavía. Busco la lista de tareas entre un montón de papeles con tickets de los regalos comprados para estas navidades, post-it arrugados que ya no pegan y kleenex usados. Hela aquí: Comprar aguacates, garbanzos, limones, tomates, cebolla tierna, Suchard. Hacer tortilla / humus / guacamole. Poner mesa. Cortar carne + quesos. Limpiar baño. Poner lavadora. Tirar basura. ¿Me ducho primero? No, mejor lo dejo para lo último. La lavadora. Programa económico y le doy al botón ON. ¿Por qué existe un botón, pero no existe un botóff? Lo apunto en la libreta de chistes potenciales, aunque sé perfectamente que la idea morirá en cuanto termine de escribir el último interrogante. Me aseguro de que el tambor de la lavadora ha empezado a dar vueltas y apenas me giro, veo asomarse un par de calcetines sucios escondidos detrás de la puerta de la habitación saludándome como la reina Sofía. Fuck. Ahí os quedáis. 12.35 (8 horas y 55 minutos para el apocalipsis) Salgo a comprar. — Perdone, ¿el Suchard? — Querida... ese producto lleva agotado desde hace por lo menos tres semanas. — ¿Y no han pedido más? — Huelga de camioneros. O Covid, no sabría decirte. — Vaya. Compro del duro —el hermano tonto de los turrones—, uno de praliné de pistacho con un aspecto vomitivo para que haya variedad, y una caja de bombones de los caros para compensar el despiste. — 17con34porfavor ¿quierebolsa? — no gracias — ¿efectivotargeta? — efectivo. tengo las cuatro si quieres — ahá — sí. voy. ya voy — graciasadiós feliznavidad — igualmente adiós 13.36 (7 horas y 54 minutos para el apocalipsis) Salteo el calabacín y caramelizo la cebolla para hacer la tortilla. También paso por la sartén los champiñones y los trozos de pimiento verde y rojo que acompañarán la carne de la raclette. Mientras las verduras van haciendo lo suyo rezo tres avemarías para que los aguacates que he elegido casi al azar no estén ni verdes ni pochos. Están medio bien, así que empiezo a preparar el guacamole en el bol de cristal. Tengo las manos untadas de un paté verde cuando recuerdo que la lavadora ya debería haber terminado. Una luz roja parpadeante asiente desde el final del lavadero. Me lavo las manos y salgo a tender al tejado comunitario. Me cruzo con la vecina india y casi me da un soponcio al darme cuenta de que ninguna de las dos llevamos la mascarilla puesta. —¡feliz navidad! —sí bueno sí Qué idiota. Estoy casi segura de que los indios no celebran la navidad, bastante tienen organizando el lío ese del polvo naranja. —se lo estarán pasando bien tus amigos en la India preparando lo de los polvitos esos, ¿no? —yo Türkiye, no India. —ah bueno, pues eso. feliz navidad igualmente. a ver si se seca rápido hoy la ropa. adiós. Bravo. Te acabas de ganar el título de vecina racista y gilipollas, me digo. Por poco se me quema el calabacín y eso sí que no me lo perdonaría jamás. ¡Verdura que no sabe a nada! ¿Cómo no se le había ocurrido a nadie antes? Definitivamente, el calabacín es el mejor invento del hombre. O de la naturaleza. Lo que sea. Consigo rescatar casi todas las medias lunas, salvo un par de víctimas carbonizadas que van directas al fondo de la bolsa de basura orgánica. 16.03 (5 horas y 27 minutos para el apocalipsis) Humus: elaborado siguiendo a rajatabla la receta y sin incidentes. Guacamole: hecho. Un poco fuerte de limón, pero yo qué sé. «Mejor, así no se oxida», pienso. Tortilla de calabacín con cebolla caramelizada: lista para comer. La meto en el microondas para que esté a cubierto de la plaga de mosquitas que salen del fregadero. ¿No se morirán nunca? Los trozos de carne cortados en porciones individuales yacen tumbados como señoras antiguas de diván desnudas en el plato verde que tomé «prestado» del restaurante chino Ciudad Feliz II. Llevo tanto rato cocinando que se me ha pasado la hora de comer. No sé si tengo hambre o no. Sí tengo. Rescato del fondo de la nevera un bol con crema de calabaza que estaba condenado a muerte y me lo como frío sentada en un taburete frente a la lavadora, con la mirada perdida en dirección al patio de luces. Huele a gambas, a curri y a ropa húmeda lavada con demasiado suavizante. 16.14 (5 horas y 16 minutos para el apocalipsis) Casi no llego al lavabo. Acabo de teñir de naranja las paredes del retrete. Por suerte aun no lo había limpiado. Tengo que controlarme. Se me caen un par de lágrimas que revelan dos ojos macabros en la cortina de calabaza líquida que se desliza lentamente por la discreta pendiente de cerámica. Tiro de la cadena. Entre sollozos, doy el remate kitsch a la mesa con unas servilletas de papel con dibujos de papanoeles y me tumbo en el sofá. Me tiemblan las piernas pero me quedo dormida igualmente. 16.21 (5 horas y 9 minutos para el apocalipsis) «Ya descansarás cuando te mueras». Me despierto con esas palabras retumbando en la cabeza con la voz del abuelo, que en vida se ocupó de repetírmelas acompañadas de un buen golpe de bastón en la cabeza cada vez que me quedaba traspuesta en su casa. Compruebo que el bulto que me dejó como herencia justo donde empieza el hueso occipital sigue ahí. Sigue ahí. Ya solo me falta limpiar el lavabo, la cocina, barrer y fregar todo el piso. Tengo tiempo. 19.38 (1 hora y 52 minutos para el apocalipsis) Solo he podido fregar el comedor porque me he cargado el palo y no tengo ninguno de repuesto. La posibilidad de hacerlo al más puro estilo Cenicienta ha sobrevolado mi cabeza durante aproximadamente medio femtosegundo, tiempo más que suficiente para ver lo humillante que sería y descartar esa opción casi al instante. Enciendo una barrita de incienso y pongo una playlist de villancicos made in USA que inaugura Elvis Presley. Confío en que la cadencia y la calidez de su voz me ayuden a relajarme. 19.57 (1 hora y 33 minutos para el apocalipsis) La primera en llegar es mamá. Sé perfectamente que la cadencia y la dudosa calidez de su voz no me ayudarán para nada a relajarme. —Te dije que no hacía falta que vinieras antes. —Hija, pero quería ayudarte. Uh, ¿pero a qué huele aquí? —Es que ya está todo hecho. —¿Entonces qué haces? —Pelar zanahorias. —Déjame a mí. Esto está pocho, mira. Está negro. ¿Lo ves? Fíjate: ahí. Yo lo tiraría y lo haría de nuevo. A ver si nos va a dar algo. ¿Qué son, patatas? ¿Qué raza es? Yo compro la roja. A mí no me pasa nunca. ¿Las has hervido? Yo compro la roja y a mí esto no me ha pasado en la vida. ¿Te pongo la mesa? Dame. ¿Qué hago con esto? ¿Lo pongo ahí? Cierra coño, que entra frío. —Ahí mejor, en el bol. —¿En el bol? ¿Estás segura? —Sí mamá. Segura. —Qué carácter, oye. Es que no se te puede decir nada. —Ni carácter ni carácter. Que no puedes llegar a mi casa y empezar a poner leyes. Siéntate y espera a que lleguen los demás, coño. 20.05 (1 hora y 25 minutos para el apocalipsis) La voz de mi madre atraviesa el salón y tortura mis oídos con su canto infame.

—¿Esta alfombra ya la tenías? —Lleva ahí ocho años mamá. —Se ve buena. ¿Es la que tenía la yaya? —No mamá. —No porque la de la yaya era así como de moritos. —Turca mamá. Era turca. Y apaga eso, que en mi casa no se fuma. 20.22 (1 hora y 8 minutos para el apocalipsis) Suena el timbre. Es la hora de la verdad. —¡Voy! —No mamá. Es mi casa. Yo abro. —A lo mejor es Papá Noel. —Quién sabe. 20.24 (1 hora y 6 minutos para el apocalipsis)

(Cocina) —¿Qué hace ella aquí? —Es tu hija mamá. —¿Por qué la has invitado? —Porque sí, porque ya está bien. —Yo me largo. —Tú no vas a ninguna parte. Vamos a cenar las tres. Y vamos a pasar la nochebuena en familia. Y punto.

(Salón) —(...) —Pues créetelo. La muy cabrona ha traído a mi madre a la cena sin avisar. Si es que me lo olía yo... —(...) —No, si eso lo tengo clarinete, vamos. —(...) —Y yo a ti. Luego te cuento. Ciao.

20.26 (1 hora y 4 minutos para el apocalipsis)

(Salón) —¿Se puede saber de qué va toda esta encerrona? —Pues que estoy harta de estar siempre en el medio de vuestros líos. —¿Líos de qué, Alicia? Ni sé, ni quiero saber nada de esta señora. —Una noche. ¿Podemos ser una familia por una puta vez? No pido más.


(Lavabo) —Cómo se atreve a presentarse aquí la cabrona hija de la gran puta esta. ¡Después de todos estos años! Y anda que la otra se queda corta... Mira que invitarla a la cena de Navidad. ¡Qué poca vergüenza! Esta te la guardo, Alicia. ¡Vaya si se la guardo! Desde luego razón no le falta al refrán, no...



20.30 (1 hora y 0 minutos para el apocalipsis)

—Qué nervios más idiotas. Esto de los discursitos se me da fatal. Solo quería daros las gracias a las dos por venir. Por quedaros, más bien. He montado todo este lío en plan cita a ciegas porque no soporto más este rollo de familia dividida. Pues eso, que espero que esta sea la primera de muchas y que a partir de ahora podamos recuperar poco a poco el tiempo perdido. Ah, sí, y que todo es sin gluten y sin lactosa. Que aproveche.

—Que aproveche.

—Salud.


21.30 (0 horas y 0 minutos para el apocalipsis)

—Apaga eso, que en esta casa no se fuma.

—Lo apagaré cuando me lo pida la anfitriona.

—Mejor abrigaos las dos, que abriré las ventanas un rato y así ventilamos. Estoy que reviento. ¿Vosotras no?

—¿O sea que ahora sí se puede fumar y cuando estaba yo sola no?

—Es un día especial mamá. No empieces.

—Todavía estoy esperando a que vengas a presentarme a mi segundo nieto. No sé ni como se llama. ¿Cómo es? ¿Joaquín? ¿Pablo? ¿Eric?

—Es una niña.

—Pues lo que yo te decía.

—No creo que vayas a conocerla.

—¿Y eso por qué? Soy su abuela.

—No eres nadie.

—Más quisieras tú.

—Ya que lo mencionas, el trimestre pasado estaban haciendo un trabajo en la escuela sobre árboles genealógicos y vínculos familiares y me preguntó por ti.

—¿Y qué le dijiste?

—La verdad. Que estabas muerta.

—Debí dejar que te ahogaras ese día en la playa.

—Ojalá te hubieras suicidado tú en lugar de papá.

—¡Esta sí que es buena! ¿Qué sabrás tú de tu padre? ¡Un borracho y un marica es lo que era!

—Basta. No tengo por qué aguantar esto.

—¿Adónde crees que vas? ¿Quieres hablar de tu padre? ¡Pues siéntate aquí y hablemos! ¿Te parece que era un santo, la viva imagen de la bondad? No te acuerdas, ¿verdad? ¡Pues yo sí que me acuerdo! ¡Eso! ¡Huye, cobarde! ¡Es lo único que has sabido hacer bien en tu puta vida! ¡Abandonarme! ¿Por qué crees que nos mudamos a Peñíscola con la loca de tu tía? ¿Por qué crees que se pegó un tiro? ¡No fue por él, Verónica; fue por ti! ¡Fue por el asco que sentía por lo que te había hecho!

—Basta mamá. Ya no puede oírte.


21.35 (Un minuto después del apocalipsis)

Pues no ha ido tan mal. Por lo menos nadie ha percibido que el guacamole estaba fuerte ni que al final, hoy tampoco me he duchado.


—¡Y tú a ver si te duchas de vez en cuando, coño!

—Buenas noches mamá.


 © 2019 by Jordi Ciurana. 

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