• jordi ciurana

exterior noche


Las campanas cincelan el aire con diez quejidos etéreos que suenan como a remotos lamentos de ballena cautiva. Su eco ahogado retumba prístino entre las paredes de las almas atentas como si, una a una, les susurrara: «¿De qué huyes?». Y al no obtener respuesta y pasados cinco minutos, lo intentara de nuevo y con la misma fórmula: «¿De qué huyes?».


Por el este llega el Silencio. Cruza el pantano rectilíneo de alquitrán y se instala con prudencia en un banco de madera. Está tenso, pues teme escurrirse por las paralelas fallas de roble astillado si se arrellana en demasía. Trae como el rehén de un atraco estéril su propio rostro, oculto tras un sudario negro de tafetán. A lo lejos, una ardilla le pregunta en tono burlón a un ruiseñor si sabe que el Silencio viste siempre de luto de forma preventiva, «sólo por si a caso —señala—, solo por si a caso».

La noche afeita a su antojo el perfil agudo de los edificios, salpicados de bocas brillantes que se abren y se cierran en una danza tartamuda. Con una brusca sacudida se desprende del residuo de oscuridad pegajoso que había quedado preso en la gélida hoja de acero. En la otra punta del mundo, un hombre y un perro pierden repentinamente la visión.

Hace calor y las moscas y los mosquitos y las polillas revolotean en su tradicional pugna estival por acercarse un poco más al níveo fulgor de la farola; la única que queda en pie en toda la plazoleta. Como si en el soñoliento cabrilleo de la bombilla fueran a hallar respuestas a la incógnita de su quebradiza existencia de cristal templado.

Una encina solitaria se mece, desafiando el orden natural de la providencia, que había dispuesto que la de hoy fuera una noche impertérrita; ajena al más mínimo aliento de ruido o amenaza. El aire cuajado cumple con su parte, retorciéndose entumecido a ras del suelo como una orgía muda de hurones desollados.


Las hojas, como manos abiertas bronceadas por el inalcanzable hoyo ígneo, se divierten canturreando tonadas infantiles como oraciones panegíricas para las hermanas corruptas que inician su lánguida travesía hacia la putrefacción. Diez mil adioses sincopados por minuto en do mayor. Éste es vuestro regalo. Oídlo alejarse, permanecer en la rama vigorosa mientras vosotras, flamantes huérfanas fibrosas, os precipitáis inexorablemente a un vacío abominable.


El Silencio observa el glauco chisporroteo de hojas desde el borde del banco; desde el borde del borde del banco. Trata de adivinar sin éxito cuál será la próxima en perecer. Contempla sus rostros, analiza sus gestos, registra sus murmullos. Somete a juicio la fuerza relativa que imprimen con los dientes en el ramaje, que por un instante más —sólo uno más— las mantendrá emparentadas con la tierra por imbricados cordones umbilicales. Ahora son hijas de la tierra, pues comen y beben de ella; una vez liberadas yacerán en el suelo como cadáveres anónimos.


¿Cuánto dura un instante?

¿Cuánto dura la muerte?


Silencio.