• jordi ciurana

MBILLNJEPEMBEJNJESEVAP 12475



Me había sentado en el murete de piedra que el abuelo había mandado construir en primavera. De un tiempo a esta parte don Avelino —ahora quería que los nietos lo llamáramos así— se había vuelto más territorial, más agresivo con el dominio de sus propiedades. Si don Avelino hubiera sido un perro probablemente hubiera muerto deshidratado de tanto ir marcando perimetralmente con su orina los confines de su apreciado terreno. Era comprensible. Tenía un buen cacho de tierra, jardines hermosos, y estaba hasta los huevos de que las vacas del vecino se pasearan por ahí como Pedro por su casa; de las huellas imprimidas en su césped cortado a cepillo; de sus heces de tabaco de liar reseco sobresaliendo como pepitas de oro viejo surcando un río verde de tres dedos de profundidad.


Desde donde estaba podía contar unas cinco o seis vacas, sin exagerar. Bajaban por la carretera porque el muro de Avelino III, «el constructor» les dificultaba el acceso al monte. Levantaban con violencia las pezuñas y las bajaban con suma precisión, como si quisieran minimizar el tiempo de contacto con el asfalto porque les causaba repelús. ¿Dónde coño estaba el pastor? ¿Y dónde coño estabas tú?


El cielo estaba medio nublado aquella tarde, pero cuando el sol pegaba mi propio sudor me freía la cara. Tres culos a la derecha encontré una sombrita donde resguardarme de julio, debajo de un pino que parecía no haber estado nunca allí. Las hormigas desfilaban desnudas por el borde del murete como bombones chupados en dirección al montículo que formaban la runa —que el abuelo había prometido recoger en cuanto terminaran la obra— y mis cáscaras de pipas Grefusa —que recogería cuando el abuelo hiciera su parte—. Andaban en busca de alimento para un invierno que nos amenazaba a todos por igual y que tarde o temprano llegaría. Apostaba. «Otras quince pipas y aparece», me decía. Y me echaba otro puñado en la palma de la mano. Comprobaba que la cantidad era la acertada y me ponía manos a la obra.


Podías llegar subiendo por la carretera, con tu mochila a cuestas y la gorra de Naranjito que solías robarle a tu hermana por el mero placer de joderla. Llegabas tarde y lo sabías, y te disculparías poniéndote de rodillas y suplicando clemencia. Yo te perdonaría y te daría un beso en la frente y te diría que teníamos toda la vida por delante y que el agua tenía que estar fresquísima porque brillaba de lo lindo. Y te pellizcaría en la mejilla y echaría a correr en dirección al mar, desnudándome torpemente en la carrera, imaginando que tú hacías lo mismo y llorando de felicidad por nuestra juventud medio marchita.


Podías llegar bajando por la carretera, montado en una vaca del vecino a la que habías domado, con un sombrero de cowboy y botas con espuelas. Haciendo bailar el fox-trot a un tallo de paja en el interior de tu boca me invitarías a subir a lomos de la vaca y me dirías «agárrate fuerte, forastero» y yo rodearía tu cintura con mis manos y presionaría con fuerza el lado derecho de mi cara contra tu espalda, y viajaríamos al sur, lo más al sur que el hombre ha ido jamás, y bautizaríamos en libretas de cuadros a animales exóticos sin nombre aun por descubrir.


Podías llegar desde atrás, moviéndote por mi retaguardia con cautela para evitar que crujiera la hojarasca al ritmo de tu andar de potrillo, y me morderías la oreja con suavidad provocándome un microinfarto como consecuencia del susto porque yo seguiría soñándote en la estancia pizarrosa de mi mente y saltarías el muro y me agarrarías de la mano con decisión y me llevarías al interior del edificio a medio construir que aun nos separaba de la playa y, sintiendo la fresca oscuridad del cemento desnudo, me abrazarías tan hondo que nos fundiríamos en un solo cuerpo que reuniría lo mejor de ti y lo mejor de mí. Tus rizos y mis pecas.


Podías llegar de frente, escupido por una ola gigante que derrumbaría el edificio cuyo graffiti ininteligible había sido incapaz de descifrar durante mi rato de espera y te presentarías ante mí como un tritón hermoso y mojado y la marea subiría hasta cubrir por completo la ciudad y todos morirían salvo yo, porque viviría pegado a tus labios que me suministrarían oxígeno por los siglos de los siglos amén. Las cuatro opciones me parecían igualmente válidas. En ningún caso contemplaba la existencia de una quinta posibilidad: la de que no asistieras a nuestra fuga.


Por ahí venía el pastor. Hola sí hace buena tarde sí no se preocupe no sí el nieto de Avelino sí gracias sus vacas sí pasaron hace un rato sí adiós buenas tardes igualmente adiós.


Me cabreaba hablar con desconocidos. Y me cabreaba tu traición. Te esperé un paquete entero. Después de chupetear la sal y romper la cáscara de unas doscientas cincuenta pipas aproximadamente, había llegado el momento de aceptar los hechos. Me subí al montículo de runa, pisé el finísimo manto de cuerpos de pipa vacíos que esa tarde había ido cosiendo y mirándome los dedos gordos de los pies, erectos en el interior de mis cangrejeras translúcidas, grité: «Te odio, Bernardo». Alcé la mirada y contemplé el mamotreto de cemento que había tenido frente a mí toda la tarde. De pronto entendí que el graffiti sí tenía sentido. Era el acrónimo impronunciable del contenido de la carta perfumada con la que me despediría de ti para siempre.


«¡Maldito bastardo! Ilustre lunático lamentable. Niñato jalamierdas. Estoy pensando en matarme, Bernardo. Estoy jodido. Nunca jamás esperaré sentado en vano amores perecederos».


Sí, era eso.


Los números… yo qué sé.


Debían referirse a los versículos del Apocalipsis que pronosticaban, ya en tiempos de Cristo, la debacle que sería siempre mi relación con los hombres.


(ejercicio para el Club de Hescritura de 24 de noviembre de 2020)